3 de diciembre de 2015

EL CAZADOR DE CENTELLAS
Los que llegan de visita piensan dos veces antes de bajar mamones, dicen que sienten una extraña presencia que les hiela la piel.
Al viejo Lucas lo conocieron como el zángano del clima. Un viento fuerte de la ciénaga era una lluvia segura. Se interesó por las tormentas eléctricas, las predecía si el viento era frío y no lograba levantar las hojas del suelo, entonces se escabullía en dirección de la bonga de la colina que había cercado con tubos de bicicletas viejas con el afán de magnetizar el terreno y aumentar las posibilidades de capturar una centella.
El viejo Lucas esperó mucho para que la bonga fuese alcanzada por una centella. Ese día alejado 100 metros del árbol, el estruendo lo hizo retroceder, sintió electricidad corriendo por su cuerpo. No era miedo, era la ansiedad de 14 años. El grito de espanto de la centella cortando la noche fue ahogado por el bramido de la bonga que desafió cual brillante espada y rompió el escudo. Pudo ver como una piedra azul resplandeciente en forma de hacha partía la bonga por la mitad. Tenía que esperar a que se calmara el temporal, mientras se dedicó a sustraer los tubos con la tierra cristalizada en un extremo. Cuando hallaba una piedra la envolvía en 7 metros de hilo de algodón, la arrojaba a un fogón hecho con leños de la misma bonga esperando que el hilo no se consumiera. Removió lo que quedaba del árbol, lo difícil eran las raíces que con la ayuda de una mula, tan vieja como él, arrancó por completo. Al cabo de un rato sacó del fogón una piedra negra que dejaba sentir un frío latido en sus manos.

Guardó su tesoro en un cofre de madera que había fabricado con madera de la bonga centellada, la enterró al lado del viejo palo de mamón en el patio de su casa. Los que llegan de visita dicen sentir una extraña presencia y no se atreven a bajar mamones porque “ese palo es como frío”.